Nos acostamos de espaldas en la hierba: tú y yo.
El cielo fundido como la cera en el ardiente sol
estaba fluyendo a lo largo de los rastrojos como un río.
Un silencio pesado gobernaba la tierra
Sus alas en vuelo de la flecha Ícaro giró,
Para clavar los dos puños humanos y codiciosos al sol
Hoy, yo, rebelado, quiero a preguntar la inmortalidad
Cómo se coaguló después de tantos años,
Yo no vi una luna más grande en ninguna parte
Como desde lo alto de la montaña nevada.
Parecía haber tomado prestada la claridad
de mi alma ilimitada
Un viento errante enjuga sus frías lágrimas en las ventanas.
Llueve.
Llega mi vagas tristezas, pero todo el dolor
lo que siento, no siento en mi,
A la señora Eugenia Brediceanu*
Yo estaba tan cansado
y sufría.
Si, mi amor, la luna esta indesible hermosa,
La ola con las costillas del bote inicia una canción.
Tus labios caliente me busca y el remo
Tropieza en el agua batida con estrellas de jade.
Salta y canta, corazón loco,
rómpete en mil de almas!
Vos, alondras,
con la boca más dulce que la miel,
Tu, joven qué estás pasando por la hierba de mi ermita,
cuánto queda hasta que se ponga el sol?
Quiero dar mi último aliento
Estoy matando en silencio,
las seres resistentes de la melancolia.
A los lobos primeros, después el espiritu
azulado,
Un canto de cisne ha venido del cielo.
Lo escuchan las vírgenes caminando con descalzas bellezas
sobre los brotes. Y en cualquier lugar lo escuchamos tú y yo.